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The Italian Wars - Ultimate (Battle Beta)

Lun 14 Nov 2016 - 16:30 por Miguel80tp

The Italian Wars - Ultimate (Battle Beta)



Lanzada la beta del futuro Italian Wars - Ultimate. Se han añadido varias facciones nuevas, junto con una revisión completa de todas las estadísticas de las unidades. También se han agregado nuevos sonidos y música que proporcionan una sensación completamente nueva y un ambiente renacentista.

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Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

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Lethkorias el Campeon
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Lethkorias el Campeon el Mar 14 Abr 2009 - 4:01

tu narracion mola muchisimo tio Smile ya te e dado reputacion, si el proximo capitulo es igual de bueno, te doy mas Very Happy
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Fran Jr
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Lun 20 Abr 2009 - 20:32

Por fin tengo tiempo para terminar la extensísima quinta parte. He procurado ponerle emoción para tratar de transmitir sensaciones y tal... ya me direís como ha quedado Razz

___________________________________________________________________________________________________



La toma de Cesárea fue un punto y aparte en la conquista de Anatolia. Más al este, las tierras eran montañosas, y las carreteras no eran sino escasos caminillos de tierra. Los turcos podrían dividir y emboscar al ejército romano con facilidad, y ahora la población local no apoyará a los romanos, pues la gran mayoría reza a la media luna y no siguen las doctrinas ortodoxas de Constantinopla. La reconquista de Bizancio se encuentra en una posición precaria cada vez más manifiesta, pero no significa esto que no goce de algunas ventajas. La toma de Cesárea implica la posesión de un castillo capaz de reclutar arqueros y caballería de gran calidad, y que podría servir de refugio en caso de que las cosas se torcieran. Mientras el ejército del príncipe Juan y de Loukianos se adentra en las inhóspitas tierras del este de Anatolia, en la retaguardia los sacerdotes europeos comienzan a fundar iglesias, levantar monasterios y convertir a la población.

Al noreste de Cesárea, Juan vence a una fuerza considerable de turcos sin bajas considerables, abriendo la puerta a territorios orientales. Mientras, Nikitas asedia y conquista Adana. Para reforzar la posición en Anatolia, cada vez más generales occidentales parten con pequeños ejércitos de refuerzo para asegurar los terrenos conquistados. La situación no es tan oscura para los guerreros de Bizancio.

Nos encontramos en el año 1120. Este es el año de un nuevo levantamiento en Bulgaria contra los “ocupantes romanos”, rebelión rápidamente aplastada. Un hereje es quemado en Sofía, tras muchos procesos abiertos que nunca terminaban como el Basileus desearía. Con un gran coste para todo el Imperio, se levantan unas nuevas murallas en Constantinopla, a partir de las antiguas de Teodosio. Las nuevas murallas cerraban a la ciudad completamente, reconstruyendo las murallas teodosianas y rodeando a la ciudad por mar. Fue en el año 1120 cuando Juan levantó un asedio en torno a Diyarbakir, una ciudad del este de Anatolia. El territorio era totalmente inhóspito para las tropas romanas, lo cual inquietaba a Juan. El control de Diyarbakir aseguraría el dominio romano hasta el lago Van y Manzikert: la frontera oriental de Bizancio hace ya medio siglo. La toma de la ciudad era sumamente importante, y por ello Juan decidió adelantarse y asediarla antes de que Loukianos pudiera acercarse con su ejército, que se encontraba al norte. Las tropas veían una victoria fácil, pero no supieron prever que los turcos aún tenían varias cartas en la manga.

Loukianos se encontraba mientras con dudas serias sobre si sería lícito acabar con la vida del Diadohos del Imperio, Juan. Exceptuando la última disputa, Juan y él habían sido buenos compañeros de campaña. No olvidemos que son años los que separan estos momentos desde la partida de Constantinopla, y Loukianos y Juan han sido dos camaradas en la lucha. Pero Juan es tan... blando, tan... idealista, tan caballeroso... creía que la gente se dejaba guiar por ideales, que luchaba y derrochaba honor por sus cuatro costados. Ese no debía ser el perfil de un Imperio que ansiaba expandirse rápidamente para hacer recordar viejas afrentas a sus vecinos, y Loukianos quizá fuera el enviado de Dios para reconducir el futuro de esta campaña.

-¡Loukianos, cariño!
-¿Ana? ¡Mi vida! ¿Qué haces tú aquí?- preguntó desconcertado Loukianos al ver a su lejana mujer descender de la carroza.
-Vengo a estar contigo, a acompañarte en esta campaña.
-No deberías estar aquí, es peligroso...- reprochó instantes antes de que Ana le silenciara con un beso. Habían pasado los años, las canas comenzaban a asomar entre sus dorados cabellos y la piel comenzaba a perder su aspecto juvenil, pero las ganas de ver a su amado general no habían hecho sino aumentar cada año, cada día...
-¿Y las niñas?- consiguió preguntar Loukianos
-En Constantinopla, por supuesto. Son aún demasiado pequeñas para venir aquí.
-Si es que ni siquiera tú deberías haber venido. Esta zona es hostil, en cualquier momento podríamos ser emboscados.
-¿Es que no te alegras de verme?
-Claro que me alegro. Tu recuerdo se me hacía difuso con el paso de los años. Me alegro de que estés conmigo de nuevo, mi amor.
Loukianos y Ana fueron caminando por el campamento, llegando a la tienda de Loukianos. Allí estuvieron recordando, charlando, alegrándose de verse de nuevo. Pero, inevitablemente, el tema de Juan salió a la luz.
-¿Y has pensado ya qué hacer respecto a Juan?
-Cada día estoy más convencido de actuar, hay algunas decisiones suyas que me han hecho reconsiderar mi postura.
-Pues ya sabes, ahora estamos en guerra. La gente muere.
-Sí, pero aún tengo mis dudas. Aunque puede que dentro de poco éstas queden disipadas.
-¿A qué se debería?
-He recibido información de prisioneros turcos, cierta información que... como decirlo... “no he considerado relevante” para hacérsela saber a Juan.
-¿Y cuál es esa información?
-Verás, el ejército de Juan dispone de 7530 efectivos en este momento, y se encuentra asediando Diyarbakir, con una cantidad sensiblemente menor de defensores. Hay rumores que indican que se ha reunido una fuerza considerable de turcos al sur en Edessa, suficiente como para darle matarile a Juan y ponerme en el trono.
-Será una broma, ¿verdad?
-¿Pero qué dices?
-¿Es que no sabes qué nos ocurrió en Manzikert? Maldita sea, si fuera verdad no solo moriría Juan, sino que todo el ejército bizantino desaparecería.
-Sí. Pero es sólo un rumor.
-Pues debiste informarle. Aquí se juega el futuro de todo el Imperio. Quiera Dios que tu error fatal no nos lleve a otro desastre.

En Diyarbakir, el ejército de Juan se encontraba en pleno asedio, construyendo la maquinaria requerida para tomar la ciudad por el asalto. Fue entonces cuando se recibió la funesta noticia.
-Señor, un enorme ejército enemigo se aproxima por el sur hacia nuestras posiciones.
-¿Cómo de grande?
- Según nuestra información, que es por ahora muy reducida, los turcos han reunido a más de diez mil hombres.
-¿¡Diez mil!? Si es así, estamos condenados. No puede ser...
-Señor ¿qué ordenáis?
-Dios misericordioso, si fuera cierto deberíamos levantar el asedio de inmediato. Pero puede deberse a una trampa de los turcos ¿es el jinete que dio la noticia de confianza?
-Y tan de confianza que es que eran varios, y todos han servido al ejército desde que salimos de Constantinopla.
-Pues estamos bien jodidos, me temo. Está bien, levantaremos el asedio y trataremos de llegar a una posición mejor, o de conectar con Loukianos. Dios se apiade de nosotros, estábamos tan cerca de la victoria...



-¡Por Dios, Loukianos, debemos marchar ya al sur, a por Juan!
-No he recibido órdenes, Ana, una desobediencia tal a mis órdenes de esperar aquí podría servir a Juan para que me expulsaran del ejército. Quiere quitarse de encima al único que le echó a la cara el fallo de liberar a los turcos en Cesárea.
-¡Loukianos, el futuro del Imperio Romano está en tus manos! ¡Marcha al sur!
-¡BASTA YA! ¡Tú no puedes dirigirte así a tu marido, mujer! ¡Haré lo que crea conveniente, y tú acatarás lo que yo diga! Maldita sea, con la amazonas me tocó lidiar.
Loukianos se marchó de la tienda, rojo como un tomate, y meditó largamente la decisión que iba a tomar. Mientras, observaba a los soldados del campamento, distraídos en sus labores cotidianas. Hacía años que la guerra les había separado de sus familias, incluso podría decirse que carecían ya muchos de gente a quien escribir: sus padres ya habían muerto, sus mujeres habían olvidado a su marido, sus hijos ya no eran pequeños rapaces sino jóvenes adultos que desempeñaban ya sus cargos en Europa.
“El futuro del Imperio Romano está en tus manos”. Su osada esposa tenía razón, y si los turcos derrotaban a Juan, solo restaría retirarse a Cesárea, y la guerra se prolongaría durante décadas hasta conseguir recuperar el empuje actual.
-General, reúna a los hombres y que recojan todo esto. Levantamos el campamento. Marchamos al sur.

La lluvia azotaba con desprecio a los hombres de Juan, que llevaban una semana ya escapando del ejército enemigo. Pese a haber actuado con la máxima presteza posible, los turcos, mejor conocedores del terreno y equipados con armaduras ligeras, habían ido ganando terreno a los romanos, y ahora sus tres fuerzas (a las que se les había unido el ejército de la otrora asediada Diyarbakir) formaban una especie de letra C, englobando en su interior al atemorizado ejército romano. Juan sabía que la huída era imposible, que ya no podían hacer nada sino desenvainar la espada y rezar a Dios para que se apiade de sus almas. Pero Dios estaba furioso: la lluvia era cada vez más fuerte, e impedía ver nada a más de media milla. Las tornas se habían cambiado, y los turcos cada vez se acercaban más a los romanos, hostigándoles con caballería de proyectil y provocando el miedo entre los soldados. Fue después de uno de sus habituales actos de hostigamiento cuando Juan de repente frenó a su caballo.
-¿Mi señor Diadohos?
-Se acabó, querido Alejandro. Se acabó. Detén a los hombres, que formen una línea defensiva. Nos quedamos aquí.
-¿Se refiere... a que vamos a luchar?
-Es en estos momentos cuando un hombre sabe lo que hay que hacer. Yo ya estoy cansado de huir, tengo el culo rojo y apesta a turco. Nos quedaremos y lucharemos, hasta la victoria o la muerte.
-Sí, señor, lo que vos ordenéis.- contestó, sumiso pero preocupado, el empapado Alejandro. Acto seguido, se dirigió a los otros generales y oficiales.

El ejército romano formó en la colina, humillado y acongojado. La moral por los suelos, las flechas (arma principal del ejército de Juan) empapadas, las ropas mojadas...
Las filas romanas esperaban órdenes de un Juan que conocía la importancia de la decisión que había tomado, y sinceramente dudaba de si había hecho bien. Aunque de haber seguido huyendo, pensó, habríamos acabado siendo emboscados. Juan miró al cielo, con los ojos entrecerrados por la lluvia. Sóloveía el agua caer desde las alturas, y se escuchaba a lo lejos el tronar de los cielos. Juntó las palmas de las manos en actitud suplicante, y apartado del ejército en soledad comenzó a murmurar con voz temblorosa:
Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu Nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad así como es en el cielo, en la tierra.
El pan nuestro sustancial de cada día dánosle hoy.
Perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del maligno.
Pues tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria,
ahora y siempre y por los siglos de los siglos.
Amén.

-¡Padre, en tus manos encomiendo mi humilde espíritu, hágase tu voluntad!- añadió en un grito que sólo fue contestado por un lejano trueno, y por la lluvia que, quizá, ocultaba alguna que otra lágrima en el príncipe de los romanos. Una vez hubo orado, se santiguó y desenvainó la espada, dirigiéndose entre la espesa lluvia hacia los suyos:

¡ESCUCHAD HIJOS DE ROMA, NIETOS DE ALEJANDRO, HERMANOS MÍOS! Dios ha querido encontrarnos aquí, ¡y aquí estamos! ¡Frente al enemigo, espada en mano, encomendándonos a nuestro Señor una vez más! Cierto es que son muchos los enemigos, y muchas las posibilidades de perecer. ¡PERO ESTE ES EL ÚNICO SITIO EN EL QUE QUISIERA ESTAR AHORA, JUNTO A MIS HERMANOS EN LA BATALLA, ESPADA EN MANO, PRESTOS PARA DAR MUERTE A LOS INFIELES QUE VIOLARON A NUESTRAS MUJERES Y ASESINARON A NUESTROS HIJOS! ¡SON LOS MISMOS ASESINOS QUE ULTRAJARON A NUESTROS PADRES EN MANZIKERT! ¡Y MUCHOS AÚN VIVEN RECORDANDO ESE ACIAGO MOMENTO! ¡¡TODOS CLAMAN VENGANZA!! ¡¡DIOS CLAMA VENGANZA!! ¡¡BIZANCIO TENDRÁ SU VENGANZA CON NUESTRAS ARMAS, HOY CORRERÁ LA SANGRE EN TRIBUTO AL PUEBLO DE CONTANTINOPLA, HOY POR FIN LOS TURCOS SERÁN DERROTADOS ENLA MISMA TIERRA QUE AÑOS ANTES SE ATREVIERON A MANCILLAR!! Y solo os pido una cosa: ¡DESENVAINAD VUESTRAS ARMAS, PREPARAD VUESTROS ARCOS Y VUESTRAS LANZAS UNA VEZ MÁS! ¡¡HOY HAREMOS HISTORIA!!


Última edición por Fran Jr el Lun 20 Abr 2009 - 20:33, editado 1 vez
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Lun 20 Abr 2009 - 20:32

Se escucharon rugidos de emoción en las filas romanas, gritos que ni la lluvia ni los truenos pudieron sofocar. Formando en línea, las leales fuerzas de Basileus se encararon al primer grupo enemigo, los que les perseguían justo detrás. Se trataba de tres mil lanceros, liderados por el capitán Omer. Los turcos, pensando que los romanos habían perdido las esperanzas de huir, se lanzaron a la carga, mientras que la caballería de proyectil romana se dirigía a ellos. Tras hostigarles durante unos cuantos minutos, el mismo Diadohos Juan vio la oportunidad de acabar con los desmoralizados lanceros. Desde su segura posición entre sus sólidas filas de infantes, observó calmado hasta que creyó distinguir a Omer, justo al fondo de las filas de lanceros turcos. Besó el empapado filo de su espada, una espada ceremonial romana, y con una señal ordenó a sus hombres avanzar, unidos a un grupo de mercenarios alanos, caballería ligera. Flanquea Juan al enemigo, llega a las filas de lanceros que tratan de cubrirse en vano (¡imposible cubrirse ante el avance del pueblo romano decidido y unido!) y choca contra lanzas y escudos, derribando a los enemigos infieles. Cae Omer, y el ejército enemigo, viéndose vencido y sin posibilidades de remontar, se entrega a la huida como pueden entre la lluvia, tropezando muchos incluso con los cadáveres de sus compañeros.
-¡Al ataque, mis hermanos, matémosles a todos, ni uno puede escapar!
Con estas órdenes la caballería capturó a unos cuantos, matando a otros muchos. Tan sólo restaban unos pocos turcos cuando un nuevo ejército se apareció justo enfrente de Juan. Se trataba del capitán Izzeddin, con 3280 efectivos, una mezcla de infantería ligera y de jabalineros. Si atacan separados, pensó extasiado Juan, aún podemos obtener la victoria...
-¡Retirada, que la caballería de proyectil les dé una buena paliza, los alanos y todo caballero sin arco se retira a mejores posiciones!
Comenzó así una nueva maniobra de hostigamiento, pero esta vez la caballería de proyectil estaba más agotada y con mucha menos munición, por lo que el enemigo se aventuró aún más que el anterior en la colina donde esperaba la infantería. Los arqueros se las ingeniaban para acertar a l enemigo con sus flechas en medio del temporal, mientras que los lanceros veían pronta su actuación. Izzeddin, comandando a unos arqueros a caballo, se lanzó a la carga sobre unos arqueros y jabalineros en los flancos, y los pobres infantes romanos hubieron de defenderse como buenamente pudieron. Juan no pudo ayudarles, se encontraba masacrando a los jabalineros enemigos, que huían despavoridos. Una vez hubo terminado con éstos, se fijó en la infantería enemiga, que se aproximaba aún más a las filas romanas. La caballería de proyectil romana espantó a Izzeddin, disuadiéndolo de atacar a nuestras tropas más vulnerables, y la infantería turca pronto se desmoronó, echando a correr por su vida. No hubo supervivientes de ese ejército al finalizar la batalla.

Juan se encontraba eufórico. Cabalgaba con su escolta frente a sus lanceros y arqueros, gritando a pleno pulmón “¡Dios está con nosotros!”, mientras sus soldados le saludaban entrechocando sus armas contra sus escudos. Pero aún restaba el último y más peligroso desafío: el último ejército turco, formado por 5.600 efectivos, esta vez bien armados y con tropas equilibradas. A Juan le quedaba su ejército, casi sin bajas, de 7.530 romanos. Quizá fuera el momento de hacer historia, pensó. Podía retirarse, pero confiaba en Dios, y sabía que su Padre se encontraba ahora con él, con todos ellos. Finalmente, tomó una decisión: reorganizó sus filas y se encaminó al sureste, donde Sebahaddin Sehzade, el último caudillo turco por eliminar, le esperaba paciente.

Allí estaba, a un par de millas de distancia. Sebahaddin se encontraba escoltado por caballería, pesada, acompañada por varios jinetes armados con arcos y sables turcos. Estos formaban a la izquierda de la infantería, que se encontraba formada por lanceros de buena calidad y jabalineros. Juan contaba con superioridad numérica, pero los carajs de sus arqueros se encontraban vacíos, y sus hombres manifestaban cierto cansancio. Mientras los jabalineros y arqueros arrojaban sus últimas jabalinas y flechas, los lanceros se preparaban, y la caballería de proyectil junto a los alanos y al propio Juan se preparó para embestir a los jabalineros enemigos, pero Sebahaddin era listo, y se adelantó con su caballería para bloquear a los romanos. Juan que recibió un corte en el brazo en esa escaramuza, empezó a temer por su vida cuando los lanceros enemigos obviaban a la infantería romana y se lanzaban a la carga hacia él y su caballería.
-¡Retirada; infantería al frente!
Los jinetes se zafaron de Sebahaddin, que les persiguió durante unos segundos, prefiriendo después cargar contra los arqueros romanos. Eso Juan no lo podía permitir, y se lanzó a la carga de nuevo, roja espada en mano entre una lluvia torrencial. La caballería turca y romana, islámica y cristiana, entraron en combate, y Juan en medio del fragor de la lucha. Estocada a uno, golpe cortante de arriba abajo a otro... turcos por todas partes, Juan recibe una, dos, tres heridas... su capa, otrora brillante y azul, mostraba ahora un color oscuro y empapado de sangre: la de sus enemigos... y la suya propia. Fue entonces cuando vio a Sebahaddin combatiendo más adelante, contra algunos mercenarios alanos que no conseguían abatirle. Dolido pero decidido por una fe que no se encuentra en este mundo, Juan cabalgó hacia su rival, que le recibió con un sablazo en el cuello... que falló por muy poco. Entrechocaron los aceros en épico combate, ambos sangrando y luchando además por mantenerse firmes ante el dolor. Pero no era dolor lo que sentía realmente Juan. Dentro de él latía una combinación de fe ciega y lo que hoy llamaríamos patriotismo, en su cariz más extremo. Dentro de él se encontraba no solo su alma, sino la de su padre, la de su linaje y la de todos los Basileus; dentro de él luchaba también Justiniano, Belisario y Narsés, su brazo lo sujetaba Julio César y Octavio Augusto, y en su mirada el brillo de los ojos dejaba ver al fondo la sombra del gran Alejandro, combatiendo por la gloria contra el turco como en su día hizo contra los persas.


Sebahaddin trata de huír de la ira de Juan... sin éxito

Finalmente, Juan consiguió desarmar a su contrincante, y acto seguido hundió media espada en el brazo de éste, que chilló cual cerdo al ser degollado. Inmediatamente, trató de huir, y con él toda la caballería turca. Pero Juan se encontraba fuera de sí, y espada en alto y gritando como un auténtico dios guerrero galopó tras él. Finalmente, la caballería enemiga fue consciente de que Juan se encontraba completamente solo, ya que sus escoltas y el resto de los romanos a caballo se encontraban a más de cinco metros, galopando para alcanzar a su príncipe. Creyendo ver una oportunidad, se volvieron a la vez para plantar cara, dirigiendo sus espadas contra el Diadohos. Juan, envuelto en sangre y empapado por la lluvia, no vaciló, aniquilando a cuantos se le pusieron delante. Zas, ras, zas... era un torbellino de acero a caballo, y pronto se encontró de nuevo frente al general selyúcida, que alzó su sable en vano: Juan hizo descender su cristiana espada de modo que cercenó el brazo entero a su enemigo, y acto seguido lo despachó cortándole la cabeza. Llegaron entonces sus aliados a caballo para terminar el combate. La infantería romana, que se encontraba en una lucha que parecía no tener fin, de pronto vio a sus contrincantes batirse en retirada. Pero no habría esta vez clemencia. Unos 800 hombres se dispersaron por el territorio, no volviendo jamás su espada contra Bizancio, desapareciendo en la noche como si nunca hubieran existido. El resto del ejército enemigo, del odiado enemigo turco, sirvió de cena a las bestias: sus cadáveres fueron abandonados una vez se percataron los soldados romanos de que nadie sobreviviría.
Juan no recordaba haber sentido nunca tanta felicidad en su interior. Los médicos sentenciaron que sus heridas eran muchas pero fácilmente curables una vez se presentó el príncipe ante ellos, finalizada la batalla. Antes, Juan estuvo dando las últimas órdenes, arengando a sus hombres

Casi dos millares de romanos habían perdido la vida en esas colinas, en esa tormenta. Algunos heridos se curaron, otros no. Pero hubo paz para los caídos, hubo gloria eterna en este mundo y en el celestial. Con su sangre escribieron una vez más las páginas de la Historia, especialmente la romana. Fue en esos momentos cuando, revisando de nuevo sus mapas, Juan comprobó que a menos de medio millar de millas al noroeste, los romanos habían librado la batalla de Manzikert hacía medio centenar de años. Fue entonces cuando se bautizó esta batalla, pese a que su nombre debía ser “Batalla de Diyarbakir”, la “Segunda Manzikert”, en tanto que se decía que, si la primera introdujo a los selyúcidas en Anatolia, la segunda sentenció su expulsión.

Loukianos cabalgaba presto hacia el sur, con su ejército siguiéndole. Una mañana visualizaron a un jinete en el horizonte. Era romano. Una vez el jinete reconoció a sus aliados, se dirigió a él y le saludó. Se sentía preocupado: ¿qué hacía un jinete tan lejos de Diyarbakir? Esto no pintaba bien...
-Mi señor, es un honor, he recibido órdenes...
-Respira, soldado, dime que ha pasado... dónde está Juan
-Juan, el decir, el príncipe, se encuentra al sur, de vuelta a Diyarbakir
-¿Cómo que “ha vuelto” a Diyarbakir?
-Tuvimos que levantar el asedio. Un enorme ejército turco, ampliamente superior al nuestro, nos emboscó y hubimos de levantar el asedio, señor...
-¿Y qué ha pasado?- preguntó un ya angustiado Loukianos. Esto no pintaba bien, nada bien.
-Juan... venció, mi señor. Sin un recuento de bajas muy significativo, ha logrado una victoria heroica para mayor gloria del Imperio. Apenas sobrevivieron unos pocos turcos al combate.
-¿Y los prisioneros?
-No hubo prisioneros, señor.

Era ahora Loukianos el que no podía contener su emoción. Su pueblo se había salvado de la vergüenza de un segundo Manzikert gracias a su cuñado, aquel al que pensaba asesinar. Ahora, Loukianos juraría que, desde Justiniano, no hubo nunca un mejor candidato a Basileus que Juan Comneno, el Gran General.




__________________________________________________________________________________________________

Esto es todo por ahora. En la próxima entrega veremos cómo la heróica victoria bizantina en Manzikert ha sacudido de tal forma los tronos de Europa y Asia que el pueblo de Roma volverá a ser temido tanto por sus enemigos islámicos... como por sus hermanos de la cruz.

Pd: Obviamente, he tenido que narrar todo el capítulo en dos posts, no me dejaba hacerlo en uno.


Última edición por Fran Jr el Lun 20 Abr 2009 - 22:58, editado 2 veces
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Beneker el Lun 20 Abr 2009 - 21:32

Me encanta el relato Fran .
+rep
Saludos


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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Cèsar August el Lun 20 Abr 2009 - 22:48

Buenismo capitulo, me ha encantado el relato de Juan (Ionnis) en batalla.

Por cierto, ahora al final, cuando hablan Loukianos y el jinete hay un error.Pones: -¿Y qué ha pasado?- preguntó un ya angustiado Juan. Esto no pintaba bien, nada bien.

Deberia ser Loukianos Wink
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Lun 20 Abr 2009 - 22:55

Uch! Y mira que revisé todo el texto, leyéndolo yo. Esque como Loukianos está perdiendo protagonismo y Juan es un nombre más... español... pues eos, suelo confundirme y pongo Juan en todo Laughing

Me alegro que os guste el relato, este me ha costado, sobre todo en cuanto a inspiración Razz
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Sacro el Miér 22 Abr 2009 - 19:25

muy bueno tio! pobres turcos... que rabia me hace no haber podido destruir bizancio con mi campaña turca y eso que faltava muy poquito jeje
no en serio impresionante campaña se nota que llevas trabajandotela unos meses, + rep, continua asi y pronto tendras a todo el mapa bajo poder bizantino!


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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Vie 24 Abr 2009 - 22:49

Bueno, finalmente han llegado mis exámenes en tres tandas sucesivas (tercera evaluación, globales a las dos semanas y selectividad tres semanas después), por lo que el tema quedará congelado o avanzará muy lentamente. Lo siento por los que les guste conocer el progresivo avance de las tropas romanas. Pero el avance nunca cesará, y cuando acabe los exámenes volveré Very Happy


EDITO: Sé que no tiene que ver directamente con la narración, pero esta canción bizantina ha sido la que me ha ido inspirando durante la mayoría de mis horas de escritura: cuando escribo sobre bizancio, escucho ésta u otras que vaya encontrando, pero sobre todo ésta. Espero que la disfruteís Wink



Esto es mas bien una disculpa por no poder seguir la narración a buen ritmo, pero en serio que merece la pena escucharla por lo relajante... y por imaginar qué significa Razz


Última edición por Fran Jr el Sáb 25 Abr 2009 - 0:10, editado 1 vez
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Lethkorias el Campeon el Sáb 25 Abr 2009 - 0:00

jaja espero impaciente Very Happy
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Caballero Portugues el Sáb 25 Abr 2009 - 13:12

gran campaña Smile


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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Raul47 el Jue 7 Mayo 2009 - 18:49

Ostras, que bueno historia o relato, muy bien !!!


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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Snorri el Sáb 6 Jun 2009 - 20:53

Me ha gustado mucho, muy entretenida Smile
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Warmour el Dom 7 Jun 2009 - 1:59

Buena cancion Fran, muy relajante gracias

PD: La campaña esta de lujo king2


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Fran Jr
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Vie 12 Jun 2009 - 15:24

Gracias por los comentarios Wink


Anuncio que, ya que me he librado de los exámenes y del colegio, volveré a publicar avances de esta campaña desde donde lo dejé. Lo digo por si alguien quisiera ponerse al día y leer lo presente, puesto que el hilo ya no "está muerto".

Saludos Wink
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Fran Jr
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Sáb 13 Jun 2009 - 12:47




Año 1122 de Nuestro Señor. Tras la victoria en Manzikert de las tropas de Juan, todas las miradas de Europa permanecen puestas en Constantinopla, y sin embargo casi nadie aplaude. Sombras de traición, susurros contra los romanos en las calles de Antioquía y Tortosa, y en la misma Roma. El papa no se encuentra nada satisfecho con las victorias de Juan, cuyo padre, el Basileus, continúa con su ruptura con el Vaticano, y ha atraído con sus nuevas órdenes religiosas a muchas regiones a su causa: Bulgaria, Albania, Serbia... Y lo peor es que, lejos de ver su poder menguarse, el odioso Imperio Griego no hace más que crecer y crecer, rebasando sus fronteras una y otra vez para llevar más lejos incluso su herejía ortodoxa... Esta situación debe terminar. Alguien tiene que hacer algo. Los templarios harán algo.

La orden del temple, Antioquía, Tortosa, Damasco, hombres emigrantes de Europa que se asentaron en Oriente Próximo para proteger y liberar Tierra Santa. Los templarios temen ahora el poder creciente de los romanos al norte, y comienzan a ver menos peligro en la media luna que en los hombres de Juan, que descienden desde Diyarbakir hasta Alepo. Es en la victoria de los romanos en Manzikert cuando ven la necesidad de actuar. El poder de Cristo es fuerte, sí, pero no el de Roma. Es necesario parar los pies al carismático Basileus y a sus gloriosos generales.


-Mi señor Diadohos, tenemos fatídicas noticias-
-¿Qué ha pasado?- se inquietó Juan. El ejército oriental podía llegar a Bagdad si continuaba esta racha de victorias, pero el frente se estaba alargando en demasía, y la población cristiana iba quedando cada vez más atrás. Era el peor momento para unas “fatídicas noticias”.
-El canciller cruzado, Ulrich, nos ha declarado la guerra. Sus ejércitos asedian Adana y Nicosia.
Una llama de ira cruzó por los ojos de Juan. Su vida anterior, la vida palaciega, ya había quedado atrás. Probablemente era ahora el mejor comandante de Asia, y quizá de Europa. Su vida era la Santa Cruzada que estaba dirigiendo por el oriente. Y esto no debe acabar así, no puede.
-De acuerdo, informadme de todo movimiento. Reclutad levas en Anatolia, y que se coloquen en la frontera en cuanto puedan. Ulrich no debe pasar los montes Tauros.
-Y... ¿Adana y Chipre?
-No se puede hacer nada por ellos. Que hagan lo que sea mejor para ellos. Pero las hordas del papa no pueden invadir Anatolia. Todo lo que hemos conseguido estos años podría echarse a perder. Ocupad los pasos de montaña, preparad una flota que bloquee a los “francos” en Chipre, que no puedan salir de la isla.
-Así lo habeís dicho, y así se hará, mi señor Diadohos.
-Anda, apresúrate. No te detengas, que Anatolia sepa lo que ocurre.
El emisario se inclinó y a continuación se dio la vuelta para salir del despacho. En cuando se escuchó el sonido de la puerta al cerrarse, Juan golpeó los puños contra la madera de la mesa de su escritorio. Estaba furioso.
-¡MIERDA, RAYOS Y MIL DESDICHAS DE SATANÁS! ¡ESOS COBARDES, ESAS RATAS DE LOS FRANCOS VAN A ECHARLO TODO A PERDER! ¡HIDEPUTAS SON ELLOS Y SUS HARAPIENTAS MADRES! ¡DEBÍ DE EXTERMINARLOS CUANDO CONQUISTÉ ADANA!
-Pero no lo hiciste, hermano- dijo Loukianos, que ahora trataba a su camarada en batalla de hermano compatriota -y eso ha resultado ser fatal para el Imperio.
-¡Pero yo creía en la fraternidad, creía en la unión de la cruz para luchar contra el infiel! ¡Cuán estúpido he sido, y ahora veo la verdad! ¡La única cruz que ha de imperar debe ser la del Patriarca de Bizancio, y el resto son todos unos traidores!
-Tampoco te excedas. El problema radica en el papa, que ve menguar su poder.
-¡Lo que verá menguar será su virilidad cuando se la corte a cachos en Roma! ¡Me las va a pagar todas juntas ese bastardo hijo de perra, que lo único que tiene de cristiano es la cruz donde lo haré quemar!
-Bueno, ¿y qué planes tenemos a corto plazo?
-Tragar lo que nos tengan preparados los francos, como unas malditas rameras. Y cuando se cansen y las levas están preparadas... devolverles el dolor sufrido con intereses. Mi venganza pasará a los anales del papa como que me llamo Juan.
-¿Y los turcos?
-Esos tienen que encontrarse dando palmas con las orejas, los malditos. Ya les daremos, por ahora no detengamos nuestro ataque de forma plena o se confiarán... y pueden confiarse.
-¿Queréis tomar Bagdad?
-Ni quiero ni puedo. Tomaremos Edesa, y de allí descenderemos sobre los francos con toda naturalidad. Les vencemos, dejamos una guarnición, y les damos matarile y muy buenas a los turcos.
-Dudo que ese plan sea posible, puesto que nuestras fuerzas quedarán muy menguadas.
-¡LO SE, MALDITA SEA!
-...
-...pero no nos queda otra. O hacemos esto o los turcos vendrán a recoger lo que nosotros hemos ganado con años de batallas. No podemos perder.
-¿Y los egipcios? Seguro que se sublevan.
-Esperemos que nuestros diplomáticos les convenzan de que el caballo ganador es el Basilea ton Romanoi.
-Es muy arriesgado pensar que conseguirán eso.
-Sí, pero como ya te he dicho otras tres mil veces, no queda otra. Además, recuerda lo esencial, y es que Dios está con nosotros.- concluyó, como era ya normal. Siempre, desde Manzikert, llevaba consigo esa máxima en cada uno de sus discursos: Dios está con nosotros, y punto.

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Era la hora de yantar en un día de verano en las tierras colindantes de Adana. En medio de un páramo prácticamente desierto y salvaje, se podía ver una gota de verdor tropical. Con la conquista bizantina, comenzaban a florecer las granjas y tierras de labranza que los adinerados colonos de la capital podían permitirse. Estas granjas cultivaban de todo, pero la joya de la finca eran siempre los árboles frutales, vistosos y coloridos, que eran la delicia de los mercados de la zona.
Lejos, se acercaban uno grupo de jinetes, unos cien, con escudos y estandartes blancos decorados con una cruz escarlata. Al divisar la granja, se desviaron hasta la misma y entraron en el recinto. Una vez dentro, se acercaron a las frutas y comenzaron a comérselas y a jugar con ellas. No obstante, al poco comenzaron a escucharse los ladridos de los mastines, y con ellos los parloteos de los “colonos” griegos.
-¿¡Qué demonios estáis haciendo con mis naranjos, hijos de perra!? Se atrevió a mascullar, aún sin ver del todo la situación presente, el dirigente de la colonia y veterano de guerra.
-Franchesco, invia questo bastardo a Dio, dijo con desinterés el que parecía ser el capitán del grupo, que observaba con desdén cómo el “bastardo” empuñaba una espada corta propia del ejército romano.
Sin demasiado interés tampoco, Franchesco, desenfundó el puñal y se dirigió hacia el granjero, que pese a darse cuenta de el lío en el que se había metido, no por ello se dejaba amedrentar.
-¡Venga, bárbaro, alégrame el día!- exclamó antes de desviar la puñalada y hundir la espada veterana en cien batallas en el pecho del italiano, que gritó sorprendido.
-Ammazzatelo!- se escuchó, y pronto cayeron sobre el granjero decenas de caballeros armados hasta los dientes. Ni los perros, que ayudaban sin dudar a su amo, se salvaron de la carnicería. Una vez acabaron la faena, aún con las blancas corazas teñidas por la sangre derramada, entraron en la villa, y tras violar y asesinar a la mujer y a la hija del que ellos tacharon de asesino, procedieron al saqueo indiscriminado. Este hecho no fue aislado, y todo el optimismo de la conquista bizantina parecía tornarse en el antiguo miedo hacia los invasores.


Contra las turbulentas y falsas aguas del desierto, a plena luz del día, aparecieron recortadas las siluetas de los romanos en los alrededores de Alepo. Sus armaduras, pesadas y calientes por el ardor del verano sirio, embutían a unos hombres sedientos y magullados por el viaje. Pero era sed de venganza la mayor prioridad de Juan, que dirigía a las tropas que encabezarían el ataque por el norte, hacia Antioquía. La cabeza cruzada debía ser cortada la primera, y por ello decidió darle a su fiel cuñado el mando del ejército.

Con el paso de los años, Juan se había convertido en una persona radicalmente diferente a la que partió de Constantinopla, ciudad que no había vuelto a contemplar desde entonces. Una oleada de nobles habían ocupado los altos cargos de las diversas themas que habían ido conquistando con el paso del tiempo, pero Loukianos y él mismo no habían recibido títulos parecidos. Ellos eran la cabeza del ejército romano, y toda tierra que dejaban atrás en manos de la administración romana pasaba simplemente al baúl de los recuerdos. ¿Su recompensa? Digamos que Juan no esperaba una recompensa en la tierra. Cierto era que su padre no dejaba de colmarles a Loukianos y a él de títulos (que no venían en realidad a significar nada en la práctica) y regalos (generalmente del género religioso), pero al menos Juan había dejado la senda que su niñez en la corte palaciega le había marcado. Se había desprendido de las sedas que llevaba puestas al llegar a Asia, y con ellas desaparecieron la excesiva pulcritud, el comportamiento pueril, la ignorancia, y sobre todo los viejos cuentos caballerescos. Ahora, el Juan que acudía presto a Alepo era un hombre de piel muy bronceada, con una tupida aunque recortada barba en la que comenzaban a asomarse las canas, ataviado con un uniforma de combate propio de un general, distinguiéndose solo del resto de los militares por su capa azul en la que aparecía, reluciente, el águila bicéfala del Imperio Romano. Así debía de ser: él tenía su espada, y Roma quedaba atrás, a partir de donde pasaba su capa. En cuanto al carácter, Juan era ahora una persona muy flexible en apariencia: diplomático, carismático con las tropas, y muy abierto en los convites. Pero los que le conocían de verdad, muy pocos a decir verdad, conocían su verdadero carácter: cerrado, pensativo, calculador, y muy muy piadoso y religioso. En la soledad del desierto, había confesado a Loukianos en un momento de insólita tranquilidad, Juan se había dado cuenta que la única compañía que una persona como él podía permitirse tener era la de el Altísimo. En él confiaba, y a él le hablaba por medio de la oración, que había pasado de una ceremonia oficial a una conversación íntima con su Padre celestial. Esta fe ciega y a la vez inspiradora con su religión movían a Juan, y por ello a sus tropas, a cruzar el desierto desde el lago Van y Manzikert hasta Alepo, donde habían de asaltar y tomar la ciudad. Había sido un duro viaje, pero la visión de las murallas de la ciudad a conquistar reconfortaron al fin a los agotados romanos.
-Soldados, preparaos para la victoria una vez más- Exclamó Juan con la boca seca y pastosa por el calor, siendo recompensado por un grito de júbilo por parte de sus hombres.

---SIGUE EN OTRO POST POR PROBLEMAS DE ESPACIO---

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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

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