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The Italian Wars - Ultimate (Battle Beta)

Lun 14 Nov 2016 - 16:30 por Miguel80tp

The Italian Wars - Ultimate (Battle Beta)



Lanzada la beta del futuro Italian Wars - Ultimate. Se han añadido varias facciones nuevas, junto con una revisión completa de todas las estadísticas de las unidades. También se han agregado nuevos sonidos y música que proporcionan una sensación completamente nueva y un ambiente renacentista.

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Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

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Fran Jr
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Sáb 13 Jun 2009 - 12:53



En los jardines de Constantinopla, era el Basileus el que se encontraba asediado. De ya avanzada edad, era rodeado sin piedad por una jauría de ministros y estadistas que le pedían que firmara aquí o que le traían nuevas, desde Sofía hasta Manzikert. Reorganizar un imperio no era para nada tarea fácil, y menos cuando el papa apoyaba a los traidores cruzados y animaba a la sublevación contra Bizancio.
-Mi señor, hay nuevas sobre Anatolia. Los cruzados se dirigen a Cesárea, cruzando los montes Tauros.
-Pues que de allí no pasen, enviad a las levas a las montañas.
-Ya se encuentran en los Tauros, mi señor, pero es poco probable que logren detenerles.
-Pues escucha esto: ve y dile al que dirija las tropas del Tauros que la siguiente línea de defensa tras la suya son las murallas de Constantinopla ¡Que no retroceda el desgraciado, por los romanos y por su propia vida!
-Susordenes, señor
-Mi señor, hemos de responder a las amenazas de los Sicilianos, sus navíos hostigas a nuestra flota y realizan incursiones costeras- se adelantó otro emisario.
-Agrupad a la flota y hacedles ver quién manda en los mares-
-Los venecianos mandan en los mares, nuestra armada es muy reducida, la destruimos para poder mantener el ejército de Juan.
-¡Pues enfrentemos a los venecianos y a los sicilianos! Envía diplomáticos, disertadores, todo con tal de liarlos entre ellos y que no se unan en nuestra contra.
-¡Mi señor, mensaje urgente del consejo económico!-Anunciaba ya otro emisario.
-A ver qué sucede ahora...
-La depresión económica es más grave de lo que nos temíamos. Lejos de ser algo temporal, la pérdida de beneficio está pasando a convertirse en una disminución creciente de las arcas estatales. Perdemos dinero, mi señor. A este paso, llegaremos a la bancarrota en tan solo un lustro.
-Bien... pues no nos queda otra entonces- murmuró el Basileus mientras ojeaba el pergamino adjunto a la noticia. Las cifras monetarias iban muy mal. Cada vez los ingresos crecían a un ritmo menos acelerado que al inicio de la campaña, y en cambio el coste del ejército crecía sin detenerse al reclutar y armar a las levas de Anatolia.
-Ya puede merecernos la pena el no firmar la paz. Ordeno un aumento de impuestos en todas las ciudades cuyo estado de orden público no sea crítico.
-¿De qué tipo de aumento estamos hablando?
-Todo el posible manteniendo aún a la población en un estado de felicidad relativa.
-¿Diez por ciento? ¿Veinte?
-¿Me ves acaso cara de economista? Yo doy la orden, que los funcionarios calculen los posibles efectos y tomen la mejor decisión, un equilibrio entre sacar los cuartos a los habitantes para pagar a Juan y a Loukianos, pero sin provocar ningún tipo de revuelta o descontento.
-Muy bien, mi señor.
-Mi señor, el papa...
-Ahora no- interrumpió secamente. Habían llegado a sus estancias. El Basileus entró en ellas y cerró la puerta secamente.

Agotado, Aleksios se dejó caer pesadamente sobre la cama. Sobre la almohada encontró entonces una carta, que seguramente habría dejado discretamente uno de sus ayudantes para que él la leyera. El sello era el de su hija.

Amado padre:
Escribo estas líneas mientras cabalgo junto a mi esposo hacia Antioquía, ciudad que de seguro conquistaremos en tu nombre y en el del Altísimo. El invierno comienza a sentirse en estas tierras, que cuando no son calurosas en extremo, lo son de una manera más moderada. Los soldados del ejército romano se encuentran agotados, y muchos de ellos padecen ya enfermedades o les falta un ojo o un brazo. Son rudos veteranos, y son sólo una fracción de ellos los que partieron desde Europa. No obstante, su ánimo es en general bueno, y muchos ansían volver a ver algún día la capital por la que tanta sangre ellos han derramado. Son unos héroes padre, deberías verlos antes de que los años te imposibiliten venir aquí. Te informaré de primera mano, como siempre, cuando Antioquía sea liberada de los francos.

Con cariño: Tu hija

Pd: Loukianos está bien, y la última vez que vimos a Juan se encontraba perfectamente. Espero que tú te encuentres en el mismo estado.


A Aleksios se le escapó una lágrima mientras leía la carta. Su hija, su primogénito, su amado nuero... hacía años que sólo sabía de ellos lo que traían los mensajeros, y cada vez veía más cierta la posibilidad de que nunca volviera a verlos en vida. Su cuerpo ya sufría serios achaques por la propia edad del mismo, y no dudaba que en unos años falleciera ya, otorgando el título de Emperador a Juan. Pero... ¿qué podía esperar de su Imperio si la púrpura recaía sobre un militar que, aunque fuera el legítimo y claro sucesor, no había pisado Constantinopla desde hacía dos décadas?
¿Debía él ir al combate como su propia hija había hecho? ¿Moriría sin ver a su hijo convertido en un bravo guerrero? Mientras lo consideraba, se escuchaban voces al otro lado de la puerta de su estancia: más funcionarios que requerían de su ayuda. Con resignación, respiró hondo y acudió a abrir la puerta. Comenzaba de nuevo la batalla en Constantinopla.




Mediodía en Antioquía. Tras un largo asedio, y un cruento asalto, las tropas de Loukianos toman la ciudad. El propio nuero del Basileus examina el reguero de cadáveres que va desde las murallas hasta la plaza central. Cientos de bajas de ambos bandos, una victoria, un desastre. Entre los caídos, distingue a uno de sus “hijos” adoptivos, un compañero de armas, Isaakios Komnenos. Cierto es que al narrar estas aventuras nos centramos excesivamente en Juan y en Loukianos: Isaakios, originario de Atenas, dirigió campañas no tan llamativas a partir de la conquista de Cesárea, siendo el que repelería a los turcos para abrir el paso hasta Antioquía. Una vez en la ciudad, entre cientos de flechas asesinas y frente a los guerreros cruzados, Isaakios había luchado en primera línea para asegurar una victoria que era dudosa. Durante el asalto a la ciudad, parecía que los francos bastardos ganarían la batalla. Pero no fue así, y fue gracias en gran parte a Isaakios, que infundió moral a las tropas y coordinó bien los ataques por dos frentes de la ciudad. Ahí, aplastado en parte por el cuerpo de su semental árabe, respiraba sus últimas bocanadas de aire el otrora glorioso general, el cual prese a su estado no tardó en reconocer a Loukianos.
-Mi señor... aquí estoy.
-Descansa, general- murmuró Loukianos. La visión de su hijo adoptivo y camarada de armas en ese estado le emocionaba sobremanera, pero no quería transmitirlo así a Isaakios, que siempre le había admirado por su sangre fría y su pragmatismo.
-Me estoy muriendo.
-Así es. Ahora debes reconciliarte con Dios para ascender a los cielos.
-Manda llamar un cura, rápido. Se me nubla la vista, y me cuesta respirar.
-Normal, estás echando sangre por la boca.
Loukianos e giró y atisbó a lo lejos a uno de los curas que acostumbraban a acompañar a los heridos de muerde durante sus últimos instantes de vida. Haciéndole señas, pues temía perder a Isaakios mientras avisaba al cura, le convenció para que viniera hacia aquí. Mientras, Isaakios iba dejando poco a poco el mundo de los vivos.
-Siempre quise ser como tú, Loukianos, por eso pedí que me aceptaras como hijo. Quería ser tu sucesor, continuar el camino glorioso del pueblo romano...
-Y así lo has conseguido, camarada.
-No, no ha sido así, la batalla más importante de mi vida ha acabado en una victoria pírrica, con cientos de romanos esparcidos por el campo de batalla, y conmigo mismo yaciente aquí, en una calle cualquiera. Mi historial ha acabado como una mierda.
-No es así y lo sabes. Hemos conquistado Antioquía, y yo mismo haré que se erija una estatua en tu nombre en la entrada principal de la ciudad misma. Será de mármol, del mármol más blanco que se encuentre en todo el Imperio Romano. Y esa estatua te representará sobre tu caballo, vuelto hacia la ciudad, al galope y espada lista para luchar. Y todos, cuando atraviesen los muros de la ciudad, se preguntarán quién era aquel bravo caballero, que liberó la ciudad en nombre de Cristo. Y entonces leerán las letras, grabadas en mármol negro con oro puro: aquí yace, como luchó, Isaakios Komnenos, de noble linaje y más noble historia. Todos habrán así de conocer tu hazaña y postrarse sobre tu tumba alabando tus actos.
Isaakios, que a la vez que moría comenzaba a emocionarse, con un esfuerzo postremo se dirigió a Loukianos: -Por favor, defiende el Imperio. No te dejes matar como yo he hecho, y no dejes caer el poder de Constantinopla. Hazlo por mí y por todos los romanos.-
-Así lo haré, cueste lo que cueste.-
-Bendito seas, Loukianos, bendito seas.- murmuró, y al acto se encontraba ya entre los caídos en la batalla. Tarde había llegado el cura, que distraído comenzó con sus ritos hasta darse cuenta que ya no eran de utilidad. Loukianos, con la mirada perdida, comenzó a caminar por entre los edificios quemados y saqueados de Antioquía.


Última edición por Fran Jr el Lun 31 Ago 2009 - 17:36, editado 1 vez
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Lethkorias el Campeon el Sáb 13 Jun 2009 - 15:05

excelente narracion tio!.
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Fran Jr
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Sáb 13 Jun 2009 - 21:46

Gracias por leerlo, no sé si la historia no gusatará por ser demasiado larga, pero creo en principio que un cambio respecto a las otras narraciones está bien. De todos modos, si teneís algún aspecto para discutir, criticar, o resaltar, aquí estoy Wink
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Beneker el Sáb 13 Jun 2009 - 21:51

Muy bueno el relato.

Saludos


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Kaiser911
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Kaiser911 el Dom 14 Jun 2009 - 22:00

esta muy bien la historia le daria un notable por lo alto xd
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Fran Jr
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Lun 15 Jun 2009 - 10:00

Asias Wink Próximamente la séptima parte. La gloria de Bizancio no tiene fin, y espero restituir al Imperio Romano de sus mejores tiempos, primero asegurando Asia y luego avanzando hacia Europa.
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Fran Jr
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Lun 31 Ago 2009 - 19:23




Pasaron los años, y el cerco sobre los supervivientes turcos se fue estrechando cada vez más. Los cruzados no pudieron impedir la victoria romana, y tras la batalla de Antioquía, sus desperdigadas fuerzas se refugiaron en Tortosa, donde fueron masacradas en una clara inferioridad numérica. Damasco se convertiría en un enclave neutral entre las fronteras egipcias y romanas, impidiendo un ataque directo fatimí sobre los soldados del Basileo. Una vez solucionado el problema en la costa asiática, Bizancio se volvía de nuevo hacia el este. Tras una serie de escaramuzas, los turcos desestimaron cualquier posibilidad de recuperar sus posesiones, aprestándose a la defensa del que había sido siempre el objetivo de las tropas romanas: Bagdad. En aquellos años, la ciudad vivía una franca decadencia, ya que año a año había visto al enemigo aproximarse, y sus rutas comerciales se habían visto muy perjudicadas. Pero la ciudad no caería fácilmente. Mientras que para los seguidores de Juan, Bagdad significaba el anhelado fin del camino y la llegada del descanso y la prosperidad eternos, para los turcos aquella ciudad era su último reducto de libertad. Nada les quedaba tras Bagdad, tan sólo quizá algunas regiones montañosas al norte hacia donde podrían escapar antes de que los romanos se hicieran también con ellas. La guerra estaba ya perdida para los selyúcidas, pero bien sabían que les costaría caro a sus enemigos capturar la joya de Mesopotamia.

Sería una mañana de marzo del año 1144 cuando el anciano Juan llegara a atisbar en el horizonte las murallas de Bagdad. Habían transcurrido décadas desde el inicio de su aventura. Decenas de batallas se habían sucedido frente a sus ojos, y habían pasado al menos diez años desde que Antioquía había caído. Ahora, tras años de operaciones de cerco del enemigo, tenía ante sí su objetivo, y los dorados muros de la capital turca se le antojaban las puertas del cielo. Sabiendo que el viaje llegaba a su fin, ordenó levantar un campamento y descansar. Al día siguiente, la artillería traída del norte bombardearía las murallas de la capital turca, abriendo paso a las tropas romanas. Antes, no obstante, quería asegurarse de que sus soldados se encontraban descansados y preparados para el que era desde hacía casi medio siglo su último objetivo. Muchos habían caído en combate, dejando un largo y triste reguero de cadáveres en el camino desde Constantinopla. Sólo unos pocos le seguían desde el principio: las largas barbas blancas y las arrugas se unían a las expresiones de nostalgia y cansancio físico y mental de los veteranos soldados. Cada vez eran menos, mientras nuevas levas de reclutas asiáticos se sumaban a las filas romanas. Juan pensó con tristeza en la inmensa cifra de los hombres que nunca llegarían a ver de nuevo a sus familias e hijos en Europa. Tratando de ganarse su apoyo en el combate y, por qué no, buscando una especie de perdón por introducirlos en aquella campaña que había durado toda una vida, se dirigió al grupo de oficiales, en su mayoría formado por los mencionados veteranos de Constantinopla.
-Mañana lanzaremos con furia toda nuestra artillería sobre los muros de Bagdad. Los selyúcidas no verán ponerse el sol mañana. Ante la perspectiva de terminar ya nuestra campaña, quería saber qué se pasa por la cabeza de los que durante tanto tiempo me han acompañado.
Los curtidos generales crearon un tenso silencio, pues nadie sabía qué responder. Al final, uno de ellos se adelantó hacia Juan:
-Como sabrá usted, aquel día en que atravesamos el Bósforo, nos señaló que todo el que quisiera regresar algún día a Constantinopla debía caminar hacia el este. Sin embargo, muchos de nosotros ya tan sólo nos tenemos a nosotros mismos. Han pasado ya casi cuarenta años desde que abandonamos Europa, y nuestras familias nos han olvidado, y han dejado de enviarnos cartas o dar señales de vida. Las mujeres de muchos de nosotros han muerto, y son nuestros hijos o nietos los que nos aguardan. No hemos venido a Bagdad en una campaña militar, señor, tomamos la decisión de vivir con usted. Esta Guerra Santa es nuestra vida, y tenga usted por seguro de que nos arrojaremos sobre las murallas de la ciudad enemiga como condenados demonios. Todo sea por Dios y por el Basileus.
Acto seguido, el coro de oficiales respaldó a su compañero con un bramido de aprobación. Juan sonrió al borde de la emoción. Aquellos valientes le seguirían hacia la muerte sin dudarlo. Emocionado, contestó:
-Sabed que esta vida no es sino una preparación para la siguiente. Dios sabe que hemos obrado bien, y nuestras hazañas nos harán ganarnos las puertas del cielo. Hemos vivido como santos guerreros, y así se nos ha de honrar y recordar.
Mientras sus oficiales emitían un nuevo bramido aprobatorio, Juan carraspeó y continuó su arenga en un tono más grave:
-Muchos caeremos mañana ante las murallas de Bagdad. Quizá yo mismo muera combatiendo entre herejes como tantas veces me pudo pasar. Pero todos nosotros sabemos que no hemos decidido vivir una vida sana y tranquila. Hemos soportado décadas de marchas forzadas por el desierto, de humillaciones por parte de la población local y de un desengaño tras otro al continuar nuestra Cruzada. Todos hemos sufrido, y sin embargo el hecho de estar aquí demuestra que todos nosotros, junto a muchos de los caídos, aceptamos este modo de vida. Y eso es porque hemos decidido vivir en sacrificio de un ideal. Es muy fácil inmolarse. Los mártires mueren por un ideal. Pero nosotros hemos dado la vida, no la muerte. Hemos soportado todo lo imaginable, exponiendo nuestros cuerpos y nuestras mentes al tormento extremo. Miraos entre vosotros, oficiales del ejército romano, y no veneréis ya a los iconos y reliquias, pues estáis en presencia de santos. Todos vosotros os lo habéis ganado. Eso es lo que somos, y así se nos recordará. Y Dios así lo ha dispuesto y así nos recompensará. Somos los mártires en vida de la cristiandad, y nuestras proezas quedarán grabadas en la eternidad.
Los oficiales guardaron silencio, expectantes. Las declaraciones del príncipe eran osadas pero, a su juicio, justas. Por eso, su arenga no hacía sino encender las almas de los veteranos, que sonreían y se enorgullecían con espíritu rejuvenecido. Juan concluyó, emocionado por la escena:
-Mañana se decidirá el destino de esta campaña en la que tanto se ha jugado y en la que, con el apoyo de Dios, tanto hemos logrado. Quiero que todos demos los mejor de nosotros mañana. Sé que lo haréis, y por eso mi corazón está henchido de orgullo por estar al mando de estos hombres cuya misma vida es en sí una leyenda ¡Gloria eterna a Bizancio, gloria a Cristo rey y a la cristiandad! ¡VENCEREMOS!
Los oficiales aplaudieron a coro, emocionados. Mañana sería un digno de recordar.



_______________________________________________________________________________________________



Con los primeros rayos de sol, las catapultas romanas se pusieron en marcha. En las almenas de Bagdad podían apreciarse los verdes estandartes selyúcidas, que poco tiempo durarían en pié. Los proyectiles comenzaron poco a poco a minar los muros de la ciudad turca, y poco a poco las grietas entre las rocas fueron abriéndose, y los cascotes empezaron a adornar la explanada cercana a los muros. Los turcos no pudieron (o no quisieron) oponer resistencia a tal ataque, y aguardaron refugiados hora tras hora. El cerco de la ciudad se dividía en dos ejércitos, uno al norte y otro al sur, comandado directamente por el Diadohos Juan. Era éste el que poseía el grueso del cuerpo de artilleros, y era en el muro sur donde las rocas comenzaban a minar las defensas musulmanas. Pasado ya el mediodía, las murallas sucumbieron ante las tropas romanas, que gritaron de alegría y abuchearon a los selyúcidas, que prestos se habían reunido en torno al boquete para detener la próxima avalancha de enemigos cristianos.

Juan ordena entonces el ataque sobre la brecha, enviando primero jabalineros para minar la moral enemiga. A pocos metros de los muros, se detuvieron cerca de un millar de efectivos, prestas sus armas para atravesar infieles. A una orden, el cielo se oscureció ante el enemigo, y cientos de astas dieron a parar con algún musulmán, incrustándose sólo unas pocas en las murallas o en el suelo. A continuación, surgieron de entre las filas de jabalineros los guerreros romanos, que ciegos de ira y fe, se arrojaron como un solo hombre sobre las filas turcas. Espadas en ristre, se dedicaron con ira divina a cercenar miembros, verter intestinos y asestar cuantos más golpes pudieran al enemigo que durante tantos años habían deseado abatir. Ante tal furia, los soldados musulmanes dudaron, y algunos comenzaron a retirarse hacia el interior de la ciudad. No obstante, y contra todo pronóstico, la mayoría resistió en sus posiciones, quizá sabedores del peligro posterior a deponer las armas y escapar hacia otras posiciones. Poco a poco, la situación comenzó a invertirse, y eran ahora los romanos los que hacían frente a una oleada cada vez mayor de enemigos.

-Solicita refuerzos al ejército del norte- ordenó Juan, que observaba el combate desde las filas de arqueros y artillería –diles que hemos penetrado en las murallas y que el enemigo está jugándose todo en la brecha. Debemos vencer, y necesitamos efectivos.
El jinete asintió, y cabalgó presto hacia el ejército hermano. Tardaría un buen rato, pensó Juan, preocupado.

Poco a poco, el número de romanos dentro de Bagdad comenzó a reducirse, y los musulmanes comenzaron a ganar terreno de una manera que inquietaba a Juan. Ordenó que se arrojaran más jabalinas y que nuevos proyectiles se colocasen en las catapultas, pero era todo inútil. La tardanza de los refuerzos le inquietaba, y al poco tiempo le comunicaron que el jinete que envió había sido abatido a medio camino. Juan envió un nuevo grupo de emisarios, pero ya era tarde. Un milagro tenía que suceder para que los romanos vencieran en las murallas de Bagdad. Juan sabía dónde estaba su lugar. Besó su espada, como muchas otras veces había hecho, y ordenó a continuación un ataque total de la caballería, él y sus oficiales incluidos.
-¡Por Dios y por el Basileus, venceremos en la batalla! ¡ADELANTE, CARGAD!

En ese momento, cientos de jinetes espolearon sus monturas, dirigiéndose hacia la brecha. Sus compañeros de infantería vieron esto, y trataron de abrir entre ellos un pasillo para los caballeros. En cuanto aparecieron entre los muros de Bagdad decenas y cientos de jinetes romanos, los musulmanes comenzaron a sentir el pánico en sus cuerpos. Juan, a la cabeza del ataque, comenzó como tantas otras veces a sesgar vidas con su espada, abriéndose paso entre los enemigos de la manera que sólo la caballería pesada romana sabe hacer. Como un cuchillo caliente sobre la mantequilla, las tropas romanas atravesaron las filas selyúcidas, que empezaron a retirarse hacia el centro de la capital musulmana. Los romanos avanzaron sin cavilar por la que parecía ser la calle principal, dando caza a todo hereje que se retrasara en la carrera. Al poco tiempo, no obstante, las tropas reunidas en el centro de la ciudad reaccionaron, y la caballería enemiga junto a la infantería pesada de reserva comenzaron a movilizarse. Era la flor y nata del ejército turco, que ahora formaba frente a los romanos en franca superioridad numérica. Parecía que prepararan una carga, así que Juan ordenó que la infantería se retrasara unos pasos y formara, mientras que la oficialía romana, junto a los jinetes veteranos y mejor armados, crearon una cuña delante, al frente de la cual estaba Juan.

Juan se giró una vez más hacia sus hombres, elevó su espada hacia el cielo azul, y con voz atronadora exclamó una vez más: -¡DIOS ESTÁ CON NOSOTROS!- A continuación dirigió la roja espada contra la caballería enemiga, y espoleó su montura para iniciar la carga que culminaría la cruzada de Bizancio y de la cristiandad.

Los enemigos se adelantaron también, lanzándose sin dudar sobre los enemigos romanos. Ambos grupos chocaron con violencia a la manera de las justas occidentales, pero en esta ocasión muchos caballeros que cayeron al suelo no se levantaron nunca más. A los pocos segundos hacía acto de aparición en la reyerta la infantería romana. Al poco, también la musulmana entraba en aquel caos de sangre y gritos que desgarraban el aire y llegaban a las mismas puertas del cielo. Poco a poco, los romanos retrocedieron más y más sobre los cadáveres de los suyos, hasta que pudo distinguirse al fondo de la calle al anhelado grupo de refuerzo: la mitad del ejército del norte, que ahora cargaba sobre el enemigo en apoyo de sus hermanos. El choque fue brutal, y del propio empuje romano los turcos no tuvieron posibilidad. De pronto, cientos de enemigos corrían a refugiarse en vano, mientras que las tropas romanas cantaban victoria a la vez que masacraban a los rezagados. El terror no tardó en extenderse por las callejuelas de Bagdad, y en cuestión de minutos el pendón imperial de Bizancio se alzó sobre el palacio de Bagdad. Victoria, al fin, victoria.


Las tropas romanas de caballería refuerzan la exigua infantería que resiste a los turcos dentro de Bagdad
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Lun 31 Ago 2009 - 19:28

Sobre las ensangrentadas losas de la calle principal de Bagdad, cientos de cadáveres yacían desordenados. Muchos de los caídos aún vivían, gritando de dolor o murmurando sus últimas oraciones a la espera de que la muerte se los llevara con ellos. Aquel era el caso de Juan, que se encontraba aplastado por el peso de su propio caballo en el centro de la pila de cadáveres. La sangre le brotaba de las numerosas heridas que adornaban su cuerpo. Como Moisés, reflexionaba, que nunca pudo entrar al fin en la tierra prometida. Así debía ser, pensaba entre lágrimas, unas de pena, otras de sangre. Yacía en compañía de muchos otros bravos compañeros de armas, pero se apenaba del dolor que experimentaría su padre al conocer la muerte de su prometedor hijo y heredero. Esto era la voluntad de Dios, pensó en calma. Así había sido, y estaba orgulloso del viaje que había recorrido, así como de la hazaña que había logrado junto a su ejército. Juan escuchaba a lo lejos los cantos y las risas de sus hombres, por lo que suponía que suya era la victoria. Al fin, victoria. Todo había acabado. Pero antes quería una última voluntad. Él no era Moisés. Se escurrió por debajo de su montura, ya inerte y ensangrentada, y trató de ponerse en pié. Milagrosamente, fue capaz, con la oportuna ayuda de su espada, la cual utilizaba a modo de bastón. Debía haberse roto varios huesos en la caída, sobre todo en la pierna derecha, la más castigada. Se arrastró entre los suyos, dirección a la plaza. Sus compañeros, al menos los heridos, le saludaban al pasar, aunque sólo fuera con la mirada. Juan se encontraba fuera de sí en aquel momento, y pronto pudo encontrar a soldados sanos que se preocuparon inmensamente por el estado de su Diadohos.
-¡Señor! ¿Qué hace? ¡Está gravemente herido!
-Llevadme a la plaza
-¡Necesita cuidados!
-No, pronto estaré con Dios. ¡Pero antes quiero finalizar mi camino! Llevadme a la plaza.

Aún dudosos, los soldados le ayudaron, apoyándose Juan en ellos. Al fin, y ante las miradas preocupadas y expectantes de sus hombres, Juan llegó al mismo centro de la ciudad. Allí se postró y se tumbó boca arriba en el suelo enlosado. Y así, murmurando una lenta oración entre dolores de todo tipo, viajó la mente de Juan hacia sus recuerdos más íntimos, siendo transportada poco a poco hacia lugares muy muy remotos.


Las puertas del final de la campaña. La Bagdad terrenal, y la que se persigue más allá.

__________________________________________________________________________________________





Bueno, me animé a elaborar este penúltimo capítulo para poner fin a la campaña. Cuando vi las normas para los concursos de relatos me dí cuenta que de nunca o he terminado una serie de relatos, quizás porque persigo más pasarlo bien en la campaña que culminarla. Esto, aparte de restar interés, puede decepcionar a algunos que quieran leer un relato de principio a fin. Así pues, cierro así -al menos por ahora- las aventuras de Bizancio en el ss6.1

No os preocupeís, que hay un último capítulo que estoy preparando. Será breve y explicativo. Espero que por ahora os guste leerlo como a mí me gustó combatir en Bagdad y conseguir el objetivo de la campaña. Very Happy

Pd: Este final no es improvisado, aunque parezca que me ha saltado algunos años. Fueron años de escaramuzas, entre que destruía los restos del ejército templario y volvía al ataque contra los turcos. Lo verdaderamente importante es Bagdad, así que en cierto modo me he comido la paja, aunque sea un década de paja Laughing


Saludos a todos Wink
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Balduino IV el Mar 1 Sep 2009 - 1:43

Muy bueno tio sigue asi,a mi me a gustado y sobre todo el capitulo 1


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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por ElNikez el Mar 1 Sep 2009 - 19:05

Muy bueno Fran (porque me has obligado a leermelo o matabas a mi hamster... espera, que no tengo... mierda! Razz)


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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Mar 1 Sep 2009 - 19:07

Yo solo te dije que lo había posteado... las cuchillas y el latigo hicieron el resto del trabajo Twisted Evil


Mañana postearé el último capítulo para cerrar definitivamente la narración
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por ElNikez el Mar 1 Sep 2009 - 19:09

CONQUISTA ROMA!!!! O no lo leo... Razz


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Fran Jr
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Vie 4 Sep 2009 - 13:03

Bueno, he aquí el final del relato:



Desde el despacho imperial de Constantinopla, a fecha de 3 de Marzo del año de Nuestro Señor 1145.

Estimado Loukianos:

Ya ha transcurrido cerca de un año desde la conquista de Bagdad. Las urgencias han cesado, los muertos han sido enterrados, los heridos curados, y el enemigo ha sido disuadido de una reconquista, fortificando la frontera con Persia ante la posibilidad de una invasión (posibilidad cada vez más lejana ante el enfriamiento de las relaciones con el que ahora es nuestro vecino). El ejército reunido en Anatolia hace ya unos años y que capturó Trebisonda hace al menos un lustro ha cortado la retirada enemiga por el norte. Las últimas batallas entre romanos y turcos se están librando a orillas del mar Caspio, y mientras se celebra el triunfo del renombrado y reafirmado Imperio Romano sobre los enemigos orientales, la situación exige una definitiva normalización del territorio oriental.

Es por eso, Loukianos, que la muerte del Basileus ha hecho que se deposite en mí la total responsabilidad de este Imperio. Yo sé lo fiel que has sido al trono y a tu pueblo, y puedo asegurar que no hay hombre más noble en toda Asia que tú. Por tus incontables victorias y sacrificios en pos del sueño romano, tengo el honor de concederte lo que siempre anhelaste, aunque quizá de modo íntimo y personal. La delicada de la situación en Mesopotamia me obliga a formar allí de forma temporal un gobierno autónomo, financiado desde la capital y cuyo máximo objetivo será el de transmitir la palabra de Dios entre los pobladores. Debemos ser rápidos y cautos para lograr nuestros objetivos en oriente, o la población se nos revelará al considerar a sus gobernantes el enemigo. Es por eso que requiero de un hombre de confianza y con el que mantengo estrechos lazos de amistad para colocar al frente del nuevo Principado de Mesopotamia, que abarcará las tierras al este del Éufrates hasta Persia. Te nombro, pues, amigo, Príncipe de Mesopotamia, líder indiscutible en aquel territorio pero siempre apoyado por un consejo enviado desde la capital.

No obstante, no es sólo este tu premio. El principado se integrará poco a poco en el Imperio, en el espacio de tiempo que puede ser un siglo o algunas décadas. Después, el único rasgo que caracterizará al portador del título del príncipe de Mesopotamia será el de ser heredero al trono de Constantinopla. Eso hará dichosos a los habitantes, aunque su príncipe viva desde niño muy lejos de Bagdad. El caso es que yo no tengo hijos naturales, sino adoptivos. Mi dedicación a la obra de Dios a los largo de estos años me ha alejado de las tentaciones de la carne, y cuando muera necesito que lo que hemos conseguido sea dirigido por una persona capaz. Es por ello que requiero de tu hijo Stavros, aquel pequeño de diez años, para traerlo a palacio y criarlo entre los mejores maestros del Imperio. Ellos harán de él un maestro en todas las ramas del saber, pues ya me es conocido que el chico parece haber heredado al menos la pureza de corazón de su padre. Ha conocido asimismo la guerra, y ahora puedes darle la oportunidad de ser algún día Basileus. La rama Comneno quedará relegada al olvido, sí, pero su sangre (y la mía) pervivirán junto a la tuya por medio de tu hijo. Los Vekkos gobernarán el Imperio algún día, si aceptas a mi petición. Eres libre en tu decisión, no obstante.

Recibí tus cartas preguntando por mi estado. La muerte de mi padre me ha herido profundamente. Al menos pudo verme regresar de la campaña a la que me envió. Apenas pudo reconocerme, dijo que había madurado mucho, y que esperaba que pudiera afrontar el gobierno del Imperio con destreza. Y es que no son pocos los enemigos que nos acechan: Egipto ha ocupado Creta y Chipre, y los venecianos han asediado Durazzo. Por si fuera poco, el papa no deja de desprestigiarnos ante el resto de Europa en sus discursos: sabe que su enemigo ortodoxo es hoy más fuerte que nunca. Por eso necesito de un sabio sucesor, así como mi padre me necesitaba aquí, en Constantinopla.

Ya me he curado de las heridas de la batalla. No creía que fuera a sobrevivir, y ya había entregado mi alma a Dios cuando me encontré en una camilla del hospital de Bagdad. Me daban por muerto incluso los propios médicos, que con tanto afán trataron de alejarme de la muerte. Mas al fin fue voluntad divina la que me devolvió a la vida, y ahora sólo restan una leve cojera y decenas de cicatrices como recuerdos de campaña. Ha llegado la hora de todos para sentar cabeza en los puestos que nos hemos ganado por derecho propio, y son mayores que nunca las responsabilidades que recaen sobre mí. No obstante, me veo con fuerza como para afrontar cualquier reto en este momento. Nunca lo olvides, Loukianos: Dios está con nosotros.

La campaña ha terminado. Nuevos oficiales, jóvenes ascendidos a lo largo de la campaña, retomarán nuestro legado en las luchas por Egipto y en los Balcanes e Italia. Infinidad de gestas y aventuras le quedan por vivir a nuestro pueblo, pero nosotros hemos de apartarnos a nuestro reposo y actuar como sabios veteranos que somos.

Por último, quiero agradecerte personalmente estos años de lealtad y de compañía que me has brindado. Hasta hoy no habías recibido una recompensa, y ni tan siquiera la esperaste. Tuya es ahora, junto a nuevos retos y responsabilidades. Usa la sabiduría en pro del beneficio de todos los romanos y de los seguidores de Cristo nuestro Señor. Cuida de tu familia y del que ahora es tu Principado. Se cauteloso y piadoso, y nunca caigas en las garras de la corrupción, el pecado o la pereza, enemigas naturales del hombre recto.

Desde la capital imperial te mando mis más amistosos saludos. Espero que en algún momento, amigo, nuestros caminos vuelvan a cruzarse, y pueda saludarte y preguntarte sobre tu estado. Que la bendición divina recaiga sobre ti y sobre los tuyos por mil generaciones. Amén.


Juan Comneno, Basileus del Imperio Romano
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Kareteiker el Vie 4 Sep 2009 - 20:50

muy buena narración me ha encantado sigue así Very Happy
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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

Mensaje por Fran Jr el Sáb 5 Sep 2009 - 1:39

Asias, este es el último episodio, pero ya llegarán otras narraciones Very Happy

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Re: Basilea ton Romaion (Campaña bizantina en el SS 6.1)

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